Locura

Escrito por lamenteenfermadechema 26-08-2014 en relato corto. Comentarios (0)

La puerta de la habitación de mi abuelo está abierta y me dirijo hacia ella para ver lo que hay dentro. Una niña está jugando con su perro, es la hija de mi tío Manolo y mi tía María Ángeles. Tiene algo extraño pero no sé lo que es. 

Es hora de dormir. Toda mi familia materna está en casa y hacemos cola para ir al baño. Mi tía María Ángeles va a entrar y observo algo: a su brazo le faltan pedazos de piel. Y lo recuerdo, recuerdo que lo que tenían la niña y el perro que me parecía extraño era eso mismo: les faltaban trozos de piel. Pero ya he vivido esto. Sé como va a acabar, nunca sale bien. Aún así el instinto es más fuerte que la razón y me impide rendirme. 

Encierro a mi tía en el cuarto de baño y les grito a los demás que está infectada, y que tenemos que salir de aquí. Mi familia me dice que solo es una reacción alérgica, que me tranquilice, pero yo sé que no es así. 

Estamos en el salón. Todos los presentes están infectados excepto yo, y todos son ya conscientes de ello. Enfadado, digo que voy a aislar la casa, pero me dicen que no importa, que la enfermedad se transmite por la sangre y que ya está en el aire por los mosquitos que nos han picado. 

En medio de la discusión empiezo a notar que la tensión en los músculos de los presentes empieza a aumentar, y sé lo que viene a continuación, por lo que me preparo.

De repente, mi padre salta del sillón para intentar arañarme, pero reacciono deprisa y salgo corriendo de mi casa, atrancando la puerta tras de mí. Pero ya es tarde, la pandemia se ha extendido al exterior. Veo sus efectos en todo el mundo: brazos sin músculo, gente con una sola pierna e incluso una vieja que me mira con unas cuencas vacías. La enfermedad consume la piel y la carne, además de producir un estado de locura y agresividad. Pero algo me llama la atención: nunca se atacan entre ellos, solo a los no infectados (de los que soy el único).

Veo conocidos en la calle. Mi amiga Marta con un brazo menos y mi amigo Dani con media cara en los huesos intentan atacarme. Cojo mi bicicleta y me dirijo hacia casa de Buba, pero no la encuentro por ningún lugar. 

Tras deambular intentando escapar de los infectados, me emboscan cerca de un centro comercial. Arrojo mi bicicleta contra ellos y entro en el edificio. Dentro, el panorama no es mejor, todos al verme intentan atacarme, por lo que me veo obligado a correr hacia un almacén. 

Un hombre consigue agarrarme la pierna, pero de un pisotón le rompo el brazo y sigo corriendo. Finalmente consigo llegar al almacén y atrancar la puerta. Pero esta es mi salvación y mi tumba: estoy atrapado. Mis ánimos decaen y me siento contra la pared con la cabeza entre las piernas. Sabía que esto acabaría así, no sé que esperaba, pero el instinto de supervivencia me obligó a intentarlo. Me miro la pierna, y veo un arañazo. Estoy condenado. 

Resignado, me dispongo a levantarme y afrontar mi destino, pero me doy cuenta de que no estoy solo. Una niña con un perro en los brazos está mirándome. Es ella otra vez, la que aparece siempre en mis sueños, la supuesta hija de mi tía Mará Ángeles. Pero esta vez es diferente. Ella ya no está infectada, como el perro. Intento hablar con ella, pero no consigo articular palabra. Lo único que hace es mirarme. Pero no hay ira u odio en su mirada, solo pena. Una pena enorme… por mí.

Y me despierto. En mi mente resuena un nombre, que se que pertenece a la niña, por sueños anteriores que he tenido: “Alice”. Intento tranquilizarme y me tumbo en mi cama otra vez. Pero siento algo raro. Al bajar mi mirada lo veo: en mi pierna sigue el arañazo. Al dirigir la vista hacia la puerta de mi habitación la veo a ella: Alice está allí. Y por fin pronuncia las primeras palabras que le oigo decir en todas las veces que ha aparecido en mis sueños: “Esto no ha acabado… solo es el principio”