Me lo advirtieron

Escrito por lamenteenfermadechema 03-02-2016 en relato corto. Comentarios (0)

Me lo advirtieron. Sabía a lo que me arriesgaba al hacerlo, pero aun así creía que a mí no me pasaría. Soy un necio, mi sed de conocimiento me ha llevado a la situación más desesperada de mi vida.

La ciencia avanza cada vez más rápido y sus saltos son cada vez más notables. Desde la invención de la rueda hasta el descubrimiento de la electricidad y todas sus aplicaciones son hijos de mentes privilegiadas, como la mía. Todos estos descubrimientos son increíbles, pero este puede ser el invento más grande en toda la existencia de la humanidad.

Mi nombre es Dorian. Junto a unos compañeros, empezamos a estudiar los universos paralelos y las líneas de tiempo. Empezó siendo un hobby, algo a lo que dedicábamos tiempo muy de vez en cuando, pero cada vez me absorbía más y más esa investigación. Empecé a saltarme comidas, a dejar de dormir y a relacionarme cada vez menos con otras personas.

Al principio solo era yo, pero pasadas unas semanas Arthur y Greg se metieron en la investigación tanto como yo, mientras que los demás abandonaron, aunque no importó. Nuestro avance era increíble: conseguimos conocer el sistema de los diferentes universos, como están distribuidos y que acciones hacen que se cree otro universo. Además, desarrollamos una teoría sobre la situación espacio-temporal de nuestro mundo respecto a los demás, aunque todo esto era solo palabras. Necesitábamos pruebas.

Arthur y yo empezamos a desarrollar la tan idealizada “máquina del tiempo”, aunque todos sabíamos que era algo más que eso. Greg en cambio, no estuvo de acuerdo en entrar en la práctica de este campo. Decía que le daba mala espina este asunto, así que continuó la investigación por su lado. La tarea fue más sencilla de lo esperado: al tener hechos ya los cálculos, solo necesitábamos construir un dispositivo que pudiera aplicarlos.

Aunque la tarea era sencilla, nos llevó dos meses y medio preparar la máquina que nos permitiría controlar el viaje. Pero lo conseguimos. El aparato era tan grande como un teléfono móvil y tenía un teclado y dos botones. Su funcionalidad era simple: podías introducir la fecha exacta a la que querías viajar con el teclado y accionando el botón de la derecha te llevaría al lugar en el que estás pero en la fecha indicada. El segundo botón te devolvería a tu época. Ya estaba listo, así que solo nos que daba la prueba de concepto.

Empezamos con algo fácil. Avanzaríamos el tiempo hasta el mismo día a las 10 de la noche, unas 8 horas de avance. Introduje la fecha y accioné el botón… pero no pasó nada. O eso creía yo, porque mis compañeros habían desaparecido. Me encontré solo en el local donde investigábamos y al salir a la calle descubrí que era de noche. Lo habíamos conseguido. Pulsé el botón de retorno y un destello me cegó al mirar al cielo. El sol estaba ahí. Entré al local y me dispuse a celebrarlo con mis compañeros. Arthur estaba eufórico como yo, pero Greg tenía mala cara.

-  Greg: Chicos, deberíamos parar aquí. He estado repasando cálculos y haciendo nuevos y casi cualquier cosa que hagamos puede repercutir en nuestro universo. Y no solo eso, un fallo mínimo de la máquina podría acabar matando al viajero, incluso algo peor.

-  Arthur: Vamos Greg, no seas aguafiestas. ¡Hemos hecho historia! Podemos hacer lo que queramos, podemos ser ricos. Qué coño, ¡seremos ricos!

-  Dorian: Es cierto Greg, relájate. La máquina está bien hecha, no fallará.

-  G: Pero chicos, en serio, esto es muy peligroso. Por favor, dejadlo ahora que todavía estáis a tiempo.

-  A: Greg eres un cagón. Anda relájate y tómate una birra con nosotros.

A Greg se le veía muy nervioso. No hacía más que mirar a la máquina y a nosotros a la cara. Tengo que reconocer que actuó muy rápido, más de lo que esperaba. Saltó desde donde estaba y me arrebató la máquina de las manos. En medio de nuestro asombro, empezó a correr hacia la salida, pero tropezó con su propio pie (nunca se le ha dado muy bien el deporte) y cayó de bruces al suelo. Al salir del impacto que nos produjo, Arthur y yo nos abalanzamos sobre Greg y le quitamos la máquina de las manos.

-  G: ¡Tenéis que parar esto! Es algo que no podemos controlar, estamos entrando en terrenos de Dios.

-  D: ¿Estás loco? Es el mayor descubrimiento de la humanidad, ¿y tú quieres que lo dejemos estar? No Greg, hoy es el día en el que nos conocerán como los seres más inteligentes del universo, y ni tú ni nadie nos lo va a impedir.

-  G: Está bien, haced lo que queráis, pero yo paso de esto.

Greg se dirigió a la salida y, antes de cerrar con un portazo, nos dijo:

-  G: Espero que sepáis lo que hacéis… Un último consejo, cuidad a cuando viajáis, un viaje mal planeado podría desencadenar consecuencias catastróficas.

El silencio inundó la sala. Arthur y yo nos miramos. Nuestros sentimientos combatían en nuestro interior: me sentía apenado por la marcha de Greg, pero también nervioso por realizar otro viaje.

-  A: Creo que deberíamos dejarlo por hoy Dorian. Quizás Greg tenga razón y no deberíamos jugar con esto hasta que no sepamos bien en qué nos estamos metiendo.

-  D: Venga ya Arthur, no seas miedica. Venga, un viaje más y lo dejamos por hoy. ¿Va?

-  A: Está bien, solo uno más.

-  D: ¡Así me gusta!

  Arthur y yo nos enlazamos a la máquina y configuramos los parámetros para viajar, esta vez al pasado. Solo iríamos un par de días antes, un viaje sencillo… o eso pensaba yo. Pulsé el botón y como la otra vez, aparentemente nada ocurrió. Aunque al fijarnos bien, estaba claro que había funcionado: había aparatos en sitios donde no deberían estar ya.

-  D: Vamos fuera Arthur, a ver que…

  Pero no pude terminar la frase. Había alguien mirándonos, con la misma máquina del tiempo que tenía yo. Su cara reflejaba el asombro que estaba sintiendo yo en ese momento. Es más, ni siquiera un espejo me hubiera emulado mejor. Era yo mismo. Y aquí fue cuando empecé a notar que Greg tenía razón.

  Yo solté nuestra máquina para intentar acercarme y hablar con mi yo del pasado, pero este dio un paso atrás, tropezando, cayendo sobre sus nalgas y dejando caer el prototipo de máquina del tiempo al suelo. La máquina se dividió en varias piezas.

  Al mismo tiempo nuestra máquina estalló, convirtiendo a Arthur, quien la sujetaba, en un charco de sangre. Pero eso no fue todo. La onda expansiva de la explosión de la máquina me hizo saltar hacia atrás, golpeándome la cabeza con la pared y quedando inconsciente.

  No sé durante cuánto tiempo dormí, pero tampoco es algo que importe. Cuando desperté, todo estaba igual que cuando la máquina explotó. A decir verdad, estaba exactamente igual. Mi yo del pasado seguía sentado en el suelo, con cara de espanto, mirando hacia delante  y con su máquina hecha añicos a su lado. Fui a hacer un intento de hablar con él, pero yo ya sabía que no sería posible. Estaba congelado. No respiraba, estaba rígido y no se notaba ningún signo de vida en él. A decir verdad, todo estaba quieto. Demasiado quieto. No se oía nada.

  Intenté salir a la calle, pero la manivela de la puerta no hacía ni siquiera el amago de moverse. Lo mismo pasaba con todo lo que intentaba coger: era imposible de levantar o mover. Yo sabía lo que pasaba, pero no quería creerlo.

  Me giré y miré nuestro invento, hecho pedazos en el suelo. Mi primer impulso fue intentar arreglarla, pero esta idea desapareció tan rápido como llegó: era imposible mover nada a mi alrededor.

  Me senté e intenté pensar. Todo el local en el que me encontraba estaba congelado y, si mis suposiciones eran correctas, el mundo exterior no era distinto.

  Pasé lo que yo creía que fueron dos semanas tumbado, pensando. En ese tiempo me di cuenta de varias cosas. Mis necesidades biológicas se habían suprimido: no necesitaba comer, respirar, o incluso dormir. En ese momento tomé la decisión de suicidarme.

  Intenté muchísimas cosas: cortarme, causarme un traumatismo craneal, incluso tragarme la lengua, pero nada funcionaba. No padecía dolor alguno y la muerte era un lujo lejos de mis posibilidades. Y fue cuando me di por vencido.

  Y aquí me encuentro hoy, por decir algo. Llevo muchísimos años aquí, aunque sin un reloj es difícil de saber. No envejezco, no siento dolor, no puedo morir. Solo siento miedo. Miedo por lo que he hecho al universo. Miedo por lo que esta estupidez pueda desencadenar. Pero, sobre todo, miedo por el futuro que me espera, aquí, encerrado, por toda la eternidad. Todavía recuerdo a Greg advirtiéndome sobre lo que podía pasar y a Arthur explotando junto con nuestro invento.

  Esto fue una estupidez. Pero sé que es mi culpa. Me merezco todo lo que me ha pasado. ¿Por qué digo esto? La razón es muy simple: un ser humano debe aprender de todo lo que le rodea, y yo con mis aires de superioridad me limité a pensar que era mejor de los demás, a creerme un dios. Fui un estúpido. Greg lo sabía e intentó avisarme.

  No tengo perdón. Me lo advirtieron.