Blog de Chema

relato corto

Me lo advirtieron

Escrito por lamenteenfermadechema 03-02-2016 en relato corto. Comentarios (0)

Me lo advirtieron. Sabía a lo que me arriesgaba al hacerlo, pero aun así creía que a mí no me pasaría. Soy un necio, mi sed de conocimiento me ha llevado a la situación más desesperada de mi vida.

La ciencia avanza cada vez más rápido y sus saltos son cada vez más notables. Desde la invención de la rueda hasta el descubrimiento de la electricidad y todas sus aplicaciones son hijos de mentes privilegiadas, como la mía. Todos estos descubrimientos son increíbles, pero este puede ser el invento más grande en toda la existencia de la humanidad.

Mi nombre es Dorian. Junto a unos compañeros, empezamos a estudiar los universos paralelos y las líneas de tiempo. Empezó siendo un hobby, algo a lo que dedicábamos tiempo muy de vez en cuando, pero cada vez me absorbía más y más esa investigación. Empecé a saltarme comidas, a dejar de dormir y a relacionarme cada vez menos con otras personas.

Al principio solo era yo, pero pasadas unas semanas Arthur y Greg se metieron en la investigación tanto como yo, mientras que los demás abandonaron, aunque no importó. Nuestro avance era increíble: conseguimos conocer el sistema de los diferentes universos, como están distribuidos y que acciones hacen que se cree otro universo. Además, desarrollamos una teoría sobre la situación espacio-temporal de nuestro mundo respecto a los demás, aunque todo esto era solo palabras. Necesitábamos pruebas.

Arthur y yo empezamos a desarrollar la tan idealizada “máquina del tiempo”, aunque todos sabíamos que era algo más que eso. Greg en cambio, no estuvo de acuerdo en entrar en la práctica de este campo. Decía que le daba mala espina este asunto, así que continuó la investigación por su lado. La tarea fue más sencilla de lo esperado: al tener hechos ya los cálculos, solo necesitábamos construir un dispositivo que pudiera aplicarlos.

Aunque la tarea era sencilla, nos llevó dos meses y medio preparar la máquina que nos permitiría controlar el viaje. Pero lo conseguimos. El aparato era tan grande como un teléfono móvil y tenía un teclado y dos botones. Su funcionalidad era simple: podías introducir la fecha exacta a la que querías viajar con el teclado y accionando el botón de la derecha te llevaría al lugar en el que estás pero en la fecha indicada. El segundo botón te devolvería a tu época. Ya estaba listo, así que solo nos que daba la prueba de concepto.

Empezamos con algo fácil. Avanzaríamos el tiempo hasta el mismo día a las 10 de la noche, unas 8 horas de avance. Introduje la fecha y accioné el botón… pero no pasó nada. O eso creía yo, porque mis compañeros habían desaparecido. Me encontré solo en el local donde investigábamos y al salir a la calle descubrí que era de noche. Lo habíamos conseguido. Pulsé el botón de retorno y un destello me cegó al mirar al cielo. El sol estaba ahí. Entré al local y me dispuse a celebrarlo con mis compañeros. Arthur estaba eufórico como yo, pero Greg tenía mala cara.

-  Greg: Chicos, deberíamos parar aquí. He estado repasando cálculos y haciendo nuevos y casi cualquier cosa que hagamos puede repercutir en nuestro universo. Y no solo eso, un fallo mínimo de la máquina podría acabar matando al viajero, incluso algo peor.

-  Arthur: Vamos Greg, no seas aguafiestas. ¡Hemos hecho historia! Podemos hacer lo que queramos, podemos ser ricos. Qué coño, ¡seremos ricos!

-  Dorian: Es cierto Greg, relájate. La máquina está bien hecha, no fallará.

-  G: Pero chicos, en serio, esto es muy peligroso. Por favor, dejadlo ahora que todavía estáis a tiempo.

-  A: Greg eres un cagón. Anda relájate y tómate una birra con nosotros.

A Greg se le veía muy nervioso. No hacía más que mirar a la máquina y a nosotros a la cara. Tengo que reconocer que actuó muy rápido, más de lo que esperaba. Saltó desde donde estaba y me arrebató la máquina de las manos. En medio de nuestro asombro, empezó a correr hacia la salida, pero tropezó con su propio pie (nunca se le ha dado muy bien el deporte) y cayó de bruces al suelo. Al salir del impacto que nos produjo, Arthur y yo nos abalanzamos sobre Greg y le quitamos la máquina de las manos.

-  G: ¡Tenéis que parar esto! Es algo que no podemos controlar, estamos entrando en terrenos de Dios.

-  D: ¿Estás loco? Es el mayor descubrimiento de la humanidad, ¿y tú quieres que lo dejemos estar? No Greg, hoy es el día en el que nos conocerán como los seres más inteligentes del universo, y ni tú ni nadie nos lo va a impedir.

-  G: Está bien, haced lo que queráis, pero yo paso de esto.

Greg se dirigió a la salida y, antes de cerrar con un portazo, nos dijo:

-  G: Espero que sepáis lo que hacéis… Un último consejo, cuidad a cuando viajáis, un viaje mal planeado podría desencadenar consecuencias catastróficas.

El silencio inundó la sala. Arthur y yo nos miramos. Nuestros sentimientos combatían en nuestro interior: me sentía apenado por la marcha de Greg, pero también nervioso por realizar otro viaje.

-  A: Creo que deberíamos dejarlo por hoy Dorian. Quizás Greg tenga razón y no deberíamos jugar con esto hasta que no sepamos bien en qué nos estamos metiendo.

-  D: Venga ya Arthur, no seas miedica. Venga, un viaje más y lo dejamos por hoy. ¿Va?

-  A: Está bien, solo uno más.

-  D: ¡Así me gusta!

  Arthur y yo nos enlazamos a la máquina y configuramos los parámetros para viajar, esta vez al pasado. Solo iríamos un par de días antes, un viaje sencillo… o eso pensaba yo. Pulsé el botón y como la otra vez, aparentemente nada ocurrió. Aunque al fijarnos bien, estaba claro que había funcionado: había aparatos en sitios donde no deberían estar ya.

-  D: Vamos fuera Arthur, a ver que…

  Pero no pude terminar la frase. Había alguien mirándonos, con la misma máquina del tiempo que tenía yo. Su cara reflejaba el asombro que estaba sintiendo yo en ese momento. Es más, ni siquiera un espejo me hubiera emulado mejor. Era yo mismo. Y aquí fue cuando empecé a notar que Greg tenía razón.

  Yo solté nuestra máquina para intentar acercarme y hablar con mi yo del pasado, pero este dio un paso atrás, tropezando, cayendo sobre sus nalgas y dejando caer el prototipo de máquina del tiempo al suelo. La máquina se dividió en varias piezas.

  Al mismo tiempo nuestra máquina estalló, convirtiendo a Arthur, quien la sujetaba, en un charco de sangre. Pero eso no fue todo. La onda expansiva de la explosión de la máquina me hizo saltar hacia atrás, golpeándome la cabeza con la pared y quedando inconsciente.

  No sé durante cuánto tiempo dormí, pero tampoco es algo que importe. Cuando desperté, todo estaba igual que cuando la máquina explotó. A decir verdad, estaba exactamente igual. Mi yo del pasado seguía sentado en el suelo, con cara de espanto, mirando hacia delante  y con su máquina hecha añicos a su lado. Fui a hacer un intento de hablar con él, pero yo ya sabía que no sería posible. Estaba congelado. No respiraba, estaba rígido y no se notaba ningún signo de vida en él. A decir verdad, todo estaba quieto. Demasiado quieto. No se oía nada.

  Intenté salir a la calle, pero la manivela de la puerta no hacía ni siquiera el amago de moverse. Lo mismo pasaba con todo lo que intentaba coger: era imposible de levantar o mover. Yo sabía lo que pasaba, pero no quería creerlo.

  Me giré y miré nuestro invento, hecho pedazos en el suelo. Mi primer impulso fue intentar arreglarla, pero esta idea desapareció tan rápido como llegó: era imposible mover nada a mi alrededor.

  Me senté e intenté pensar. Todo el local en el que me encontraba estaba congelado y, si mis suposiciones eran correctas, el mundo exterior no era distinto.

  Pasé lo que yo creía que fueron dos semanas tumbado, pensando. En ese tiempo me di cuenta de varias cosas. Mis necesidades biológicas se habían suprimido: no necesitaba comer, respirar, o incluso dormir. En ese momento tomé la decisión de suicidarme.

  Intenté muchísimas cosas: cortarme, causarme un traumatismo craneal, incluso tragarme la lengua, pero nada funcionaba. No padecía dolor alguno y la muerte era un lujo lejos de mis posibilidades. Y fue cuando me di por vencido.

  Y aquí me encuentro hoy, por decir algo. Llevo muchísimos años aquí, aunque sin un reloj es difícil de saber. No envejezco, no siento dolor, no puedo morir. Solo siento miedo. Miedo por lo que he hecho al universo. Miedo por lo que esta estupidez pueda desencadenar. Pero, sobre todo, miedo por el futuro que me espera, aquí, encerrado, por toda la eternidad. Todavía recuerdo a Greg advirtiéndome sobre lo que podía pasar y a Arthur explotando junto con nuestro invento.

  Esto fue una estupidez. Pero sé que es mi culpa. Me merezco todo lo que me ha pasado. ¿Por qué digo esto? La razón es muy simple: un ser humano debe aprender de todo lo que le rodea, y yo con mis aires de superioridad me limité a pensar que era mejor de los demás, a creerme un dios. Fui un estúpido. Greg lo sabía e intentó avisarme.

  No tengo perdón. Me lo advirtieron.


Una piedra en el destino

Escrito por lamenteenfermadechema 26-12-2015 en relato corto. Comentarios (0)

Miles de posibilidades en el universo. Cualquier pequeño cambio puede alterar todo el futuro, para bien o para mal.

Dante Ruiz es una persona algo peculiar. A primera vista todo te parece normal: un hombre de 1,75 metros de altura y 70 Kgs de peso, moreno, con los ojos marrones y la tez algo dorada por el sol, incluso al conocerlo no piensas que tenga nada raro, es una persona sencilla, no tiene muchos lujos y su afición son los videojuegos. Todo es muy normal hasta que desaparece de repente. Puede decirse, que es una persona que llama poco la atención, algo que para su trabajo, le viene genial.

Estamos en el año 2009. Está a punto de suceder un hecho sin precedentes: se va a investir al primer presidente negro de los Estados Unidos de América. Barack Obama entrará en los futuros libros de texto y será recordado, ya sea como un gran presidente, o como alguien que destrozó el país más poderoso del mundo. Aunque hay otra opción más, una opción en manos de uno de los asesinos más eficaces del mundo.

Un joven encapuchado se encuentra agazapado, escondido entre unos matorrales frente a la casa del futuro presidente. En su mano derecha descansa una Glock 17 negra con silenciador y un cargador repleto de balas del calibre 9mm. Hubiera preferido su rifle, pero eso llamaba demasiado la atención, y había demasiados guardias.

El joven lleva varias horas escondido, a la espera de que su víctima salga de la casa. Sus órdenes eran claras: evitar a toda costa que Obama llegue a la investidura. Para cualquier otra persona hubiera sido imposible llegar a donde estaba, pero él era especial: no había nadie en los EEUU que se infiltrara como él, que tuviera esa capacidad innata para pasar desapercibido.

Estaba llegando la hora. A las 11:30, Barack saldría de su casa y se dirigiría al coche que estaba justo en frente suya, y con toda seguridad entraría por la puerta trasera derecha, perfectamente visible desde su posición.

Llegó la hora. Obama sale de su casa acompañado de su mujer y dos guardaespaldas. El joven se pone en posición y quita el seguro del arma, preparado para apretar el gatillo y… Alguien lo estrangula con un brazo mientras con el otro le da un golpe en el suyo y le hace perder el arma. Se revuelve con todas sus fuerzas, pero el otro hombre lo tiene bien agarrado y consigue arrastrarlo hacia atrás y, tras alejarse lo suficiente de la casa del futuro presidente, lanzarlo al suelo de espaldas.

Algo aturdido, el asesino encapuchado observa al hombre que ha hecho que su estrategia se vaya al traste. También va encapuchado, por lo que no puede verle la cara.

-  ¿Quién coño eres y por qué te metes en mi camino?

-  Quien soy no te importa, y lo único que hago es cumplir con mi trabajo, que en este caso, es detenerte a ti.

Tras decir esto, el hombre saca una pistola y apunta al asesino, aunque no lo suficientemente rápido. El asesino arroja certeramente un cuchillo al cuello del hombre, haciéndolo caer de rodillas sin poder articular palabra.

El asesino no podía perder el tiempo. Corre hacia donde estaba su pistola, a tiempo de ver como Obama está entrando al coche, apunta y… recibe una bala en la nuca que sale por su garganta. El cuerpo del asesino se desploma hacia adelante, saliendo del seto y alarmando a todos los guardias de alrededor.

Rifle en mano, observo todo desde 100 metros, con una sonrisa esbozada en mis labios. Otro trabajo bien hecho.

Dicen que existe algo llamado destino, que todo lo que pasa es porque tiene que pasar. Pero eso solo lo dicen los débiles. Tendría muchas cosas que decir en contra del destino, pero lo dejaré para otra ocasión. Lo que si diré, es que si hubiera dejado al destino actuar, seguramente hubiéramos tenido otro final bastante diferente.

Me llamo Dante Ruiz. Aunque dicen que soy francotirador, prefiero denominarme como una “piedrecita” en medio de vuestro estúpido destino, que se encarga de que vuestro mundo no se vaya a la mierda.


Cuento de niños

Escrito por lamenteenfermadechema 26-12-2015 en relato corto. Comentarios (0)

- El dragón me persigue. Quiero coger mi lanza, pero la malvada bruja me mira con cara de odio. Tiene mi lanza en las manos. Pero jo… yo la quiero. Uy, tengo que seguir corriendo que me pilla el dragón. Pues tendré que buscar otra arma distinta. Iré a la cueva del rugido infernal, allí no puede entrar Tobi, digo el dragón.

He llegado a tiempo. Las escaleras bajan muy para abajo, casi no veo el final. Ay mira, ya he llegado. El monstruo sigue dormido, procurare no hacer ruido para despertarlo. Buscaré la espada sagrada y entonces…

- ¡Rubén! ¿Qué te he dicho sobre jugar en el sótano? Anda, tira para arriba que tengo que sacar la ropa de la lavadora.

- Jo, mamá, pero el dragón me está esperando fuera.

- ¡Que dragón ni que leches! Venga, a jugar arriba.

- Voooy. Pero ahora que lo pienso, la vieja bruja ha soltado mi lanza. ¡A por ella!

- ¡Como que vieja bruja, verás como te coja!

- ¡Papiiiii!


Locura

Escrito por lamenteenfermadechema 26-08-2014 en relato corto. Comentarios (0)

La puerta de la habitación de mi abuelo está abierta y me dirijo hacia ella para ver lo que hay dentro. Una niña está jugando con su perro, es la hija de mi tío Manolo y mi tía María Ángeles. Tiene algo extraño pero no sé lo que es. 

Es hora de dormir. Toda mi familia materna está en casa y hacemos cola para ir al baño. Mi tía María Ángeles va a entrar y observo algo: a su brazo le faltan pedazos de piel. Y lo recuerdo, recuerdo que lo que tenían la niña y el perro que me parecía extraño era eso mismo: les faltaban trozos de piel. Pero ya he vivido esto. Sé como va a acabar, nunca sale bien. Aún así el instinto es más fuerte que la razón y me impide rendirme. 

Encierro a mi tía en el cuarto de baño y les grito a los demás que está infectada, y que tenemos que salir de aquí. Mi familia me dice que solo es una reacción alérgica, que me tranquilice, pero yo sé que no es así. 

Estamos en el salón. Todos los presentes están infectados excepto yo, y todos son ya conscientes de ello. Enfadado, digo que voy a aislar la casa, pero me dicen que no importa, que la enfermedad se transmite por la sangre y que ya está en el aire por los mosquitos que nos han picado. 

En medio de la discusión empiezo a notar que la tensión en los músculos de los presentes empieza a aumentar, y sé lo que viene a continuación, por lo que me preparo.

De repente, mi padre salta del sillón para intentar arañarme, pero reacciono deprisa y salgo corriendo de mi casa, atrancando la puerta tras de mí. Pero ya es tarde, la pandemia se ha extendido al exterior. Veo sus efectos en todo el mundo: brazos sin músculo, gente con una sola pierna e incluso una vieja que me mira con unas cuencas vacías. La enfermedad consume la piel y la carne, además de producir un estado de locura y agresividad. Pero algo me llama la atención: nunca se atacan entre ellos, solo a los no infectados (de los que soy el único).

Veo conocidos en la calle. Mi amiga Marta con un brazo menos y mi amigo Dani con media cara en los huesos intentan atacarme. Cojo mi bicicleta y me dirijo hacia casa de Buba, pero no la encuentro por ningún lugar. 

Tras deambular intentando escapar de los infectados, me emboscan cerca de un centro comercial. Arrojo mi bicicleta contra ellos y entro en el edificio. Dentro, el panorama no es mejor, todos al verme intentan atacarme, por lo que me veo obligado a correr hacia un almacén. 

Un hombre consigue agarrarme la pierna, pero de un pisotón le rompo el brazo y sigo corriendo. Finalmente consigo llegar al almacén y atrancar la puerta. Pero esta es mi salvación y mi tumba: estoy atrapado. Mis ánimos decaen y me siento contra la pared con la cabeza entre las piernas. Sabía que esto acabaría así, no sé que esperaba, pero el instinto de supervivencia me obligó a intentarlo. Me miro la pierna, y veo un arañazo. Estoy condenado. 

Resignado, me dispongo a levantarme y afrontar mi destino, pero me doy cuenta de que no estoy solo. Una niña con un perro en los brazos está mirándome. Es ella otra vez, la que aparece siempre en mis sueños, la supuesta hija de mi tía Mará Ángeles. Pero esta vez es diferente. Ella ya no está infectada, como el perro. Intento hablar con ella, pero no consigo articular palabra. Lo único que hace es mirarme. Pero no hay ira u odio en su mirada, solo pena. Una pena enorme… por mí.

Y me despierto. En mi mente resuena un nombre, que se que pertenece a la niña, por sueños anteriores que he tenido: “Alice”. Intento tranquilizarme y me tumbo en mi cama otra vez. Pero siento algo raro. Al bajar mi mirada lo veo: en mi pierna sigue el arañazo. Al dirigir la vista hacia la puerta de mi habitación la veo a ella: Alice está allí. Y por fin pronuncia las primeras palabras que le oigo decir en todas las veces que ha aparecido en mis sueños: “Esto no ha acabado… solo es el principio”


Hambre

Escrito por lamenteenfermadechema 26-08-2014 en relato corto. Comentarios (0)

Hambre, curioso sentimiento. Tu propio cuerpo te avisa de que necesitas nutrirte, dándote un dolor de estómago cada vez mas agudo, según el tiempo que haya pasado desde que comiste. Sería un tema curioso para reflexionar un rato, pero no dispongo de la tranquilidad mental para pensar en la terminología. Aun así, en mi cuerpo existe ahora mismo poco más que ese sentimiento.

Me encuentro de rodillas, encogido sobre mi estómago, conteniéndome para no salir corriendo. Tiemblo como si hiciera frío, a pesar de estar en pleno verano. Este callejón aislado, que no me deja ver a la gente, es lo único que me permite mantener la poca cordura que me queda. Pero no es suficiente. Los huelo, mi instinto me dice que están allí, al otro lado de la pared. Una familia. Dos niñas y sus padres. Todo esto me lo dice mi olfato. No se cuanto podré aguantar.

Todo empezó hace seis días. Me dirigía hacia mi casa, cuando a punto de llegar, me encontré con él. Era alto, rubio, ojos azules, atlético... vamos, el prototipo de hombre que suelen querer las mujeres. Estaba sentado en un bordillo, con la mirada perdida en el cielo, cuando llegue a su lado. Me miró y vi como sus facciones cambiaban de repente. Abrió mucho los ojos y me pareció ver como olisqueaba el aire. Se levantó y tras presentarse, me pidió indicaciones para llegar a un cementerio de la zona. Lo veía nervioso, y me preguntaba si le pasaba algo, pero no quería preguntarle, ya que pensaba que había muerto algún familiar o amigo suyo y era normal que estuviese así. Le dije que no había ninguno cerca, pero que podía subir en el bus o pedir un taxi, y yo le diría donde tenía que bajarse. Al fijarme bien en él, me di cuenta de que a pesar de su forma física, por su postura parecía muy cansado.

El hombre me sacó de mis cavilaciones, con un murmullo que no llegue a entender. Al pedirle que me lo repitiera, me dijo:

-¡No aguanto más!. Llevo demasiado tiempo sin comer, y por muy débil que esté, no debería tener problemas con un chaval como tú.

Y sin previo aviso, saltó encima de mi, haciéndonos caer a ambos en la carretera. No tenía mucha fuerza, pero debido a mi complexión y a que me pilló desprevenido, consiguió tirarme... aunque no dio tiempo a mucho más. Justo antes de tocar el suelo, noté como el coche nos mandaba a volar a ambos. Al caer al suelo, perdí el conocimiento.

Al despertar, estaba en la cama de un hospital, con mi familia a los pies de mi cama. Me notaba entumecido, pero con la cabeza relativamente despejada. Al intentar incorporarme noté una punzada de dolor en el pecho, y al mirar hacia donde me dolía, vi una cicatriz en mi pecho. Al preguntar, me dijeron que una de mis costillas perforó mi corazón, y para salvarme tuvieron que hacerme un trasplante. Yo tenía entendido que conseguir un donante de corazón llevaba su tiempo, pero ellos me dijeron que utilizaron el del joven que estaba conmigo, que había muerto en el acto. Algo me inquietaba, pero supuse que serían los nervios. Lo importante era que estaba vivo.

Me dieron el alta a los 2 días, durante los cuales mi recuperación fue increíblemente rápida. Mis huesos se soldaron perfectamente y parecía no tener ninguna secuela, y aunque me dijeron que en cuanto notara algo volviera al hospital, podía irme. No comí nada en esos dos días, ya que toda la comida me sabía fatal. Supusieron que sería una secuela leve y que pasaría con el tiempo. Pero al llegar a casa nada cambió. Tenía hambre, pero la comida estaba asquerosa, y tras hacer como que comía, iba al baño y lo vomitaba todo. Seguí así otros dos días más, y mi hambre seguía aumentando. Me di cuenta de que mis sentidos se habían incrementado, sobretodo el del olfato. Notaba llegar a mis padres en cuanto entraban al portal, y podía decir lo que iban a comer los vecinos de toda la manzana, sin temor a equivocarme.

Y ahí fue cuando la cosa empezó a empeorar. Al salir de mi casa a despejarme dando un paseo, empecé a cavilar sobre el chaval que me empujó. Sus palabras no tenían ningún sentido. Iba dándole vueltas al asunto, cuando me llegó el olor de una chica. Pero no el perfume que llevaba, o el champú que hubiera usado. La olía a ella, y olía francamente bien. Me imaginé abrazándola, besándola, mordiéndola... Y ahí fue cuando salí de mis pensamientos. ¿Cómo se me ocurría?. ¿Morderla?, ¿en serio?. Una idea acababa de entrar en mi mente, pero por mi bien me esforcé en ignorarla. Pero no fue la última vez que me pasó. Y cada vez me asaltaban pensamientos más tétricos y salvajes, de vísceras y cuerpos desmembrados. Empecé a sentir el impulso de saltar hacia cualquier persona, y cada vez era más fuerte, hasta que esta mañana me he sorprendido saltando encima de un niño pequeño, que al gritar me ha despejado la mente y he podido salir corriendo...

Y aquí estoy, agachado, agarrándome las piernas por miedo de que salgan corriendo hacia lo que ahora me parece un manjar. Me doy asco a mi mismo. Cada vez noto el olor de la familia a mi lado más intenso. Intento pensar en otras cosas, pero el hambre me lo impide. La familia se va de la casa y la tensión en mi cuerpo disminuye, quizá ahora pueda pensar las cosas con más tranquilidad. Pero nada más lejos de la realidad. Nada más soltarme las piernas aparece una mujer con su perro en la boca del callejón. No puedo aguantarlo. Noto como mis músculos se tensan y me impulsan a correr hacia ella, con una potencia física de la que estoy seguro que no disponía. Ahora sé lo que me pasa, sé que lo que pensé en su día era cierto: el chico que me empujó era lo que yo pensaba. Sin control ninguno salto sobre ella y de una patada lanzo al perro unos metros. La chica patalea e intenta soltarse de mi agarre, pero mi fuerza es muy superior a la suya.

Levanto su brazo, me lo acerco a la boca y... mi instinto me avisa. Salto hacia atrás justo a tiempo de evitar una katana que corta el aire donde antes estaba mi cuello. Su portador es un hombre de unos 50 años, moreno, con un ojo verde y otro marrón. Lleva una gabardina negra que lo cubre hasta las rodillas. Su expresión es casi imperturbable, pero mis sentidos están muy agudizados y atisbo un ápice de sorpresa en sus ojos. En este momento es la primera vez en toda esta hora que siento la mente despejada, y aprovechando esto, corro a una velocidad imposible de alcanzar para un humano y escapo de su alcance.

Tras quince minutos corriendo a la velocidad que da de si mi cuerpo, salgo de la ciudad y me escondo en el bosque de al lado. Es increíble, todo el tiempo que he corrido, y aunque estoy cansado, estoy seguro que es solo por el hambre. El hambre. He vuelto a recordarlo. Me siento encima de una piedra e intento poner mis ideas en orden. Se lo que soy, se que no puedo controlar mis instintos, y por lo que se ve, hay alguien que nos caza. Ahora entiendo el por que buscaba ese chico el cementerio: tenía hambre. Decido que, aunque sea inhumano, intentaré hacer lo mismo: iré al cementerio a calmar esta hambre que me atenaza, y luego pensare que hacer. Mientras pienso en esto me pongo en tensión. Lo huelo. Es un humano. Se acerca con varios animales, debe ser un pastor con sus ovejas. Pero a mi me dan igual las ovejas. Necesito comer, algo se mueve en mi interior. Otra vez empiezo a notar como mi cuerpo se mueve solo, y sé que esta vez no habrá nada que me interrumpa. Corro hacia donde noto el olor y mi mente se queda en blanco. No se lo que pasa, no se lo que hago. Pero si sé lo que va a pasar si no lo impido.

Durante 17 años me he llamado Dante, humano, nacido y viviendo en Córdoba. Ahora no tengo nombre, así que adoptaré el que tenía antes, supongo que mi "nacimiento" es también en Córdoba, pero no tengo ningún hogar. No.

Ahora soy Dante, 6 días de vida. Y soy un ghoul.